Tras la visita a la preciosa ciudad suiza de Lucerna y participar en su magnífico festival, llegamos a Salzburgo para actuar en uno de los acontecimientos musicales más importes del año en Europa (y en el mundo, diríamos): el Salzburger Festspiele, uno de los festivales de referencia en el siglo XX y que afronta el XXI con una gran salud a sus 91 años.
“La historia mundial se refleja en la historia del festival”, recuerdan (en inglés) en su web. De hecho, las grandezas y horrores del siglo pasado tuvieron su reflejo en Salzburgo: desde la abominable persecución a los judíos europeos –entre los que se contaba su primer director, Max Reinhardt, que tuvo que huir de Austria a causa de la persecución nazi en 1937– hasta los esfuerzos de toda una ciudad por reponerse tras la guerra y por volver a conseguir que el Festival brillara por sí mismo con el esplendor anterior.
En 2007 grabamos en directo en el Grosses Festspielehaus dos obras increíbles que han sido recientemente editadas en disco: lasVariaciones para orquesta de Arnold Schönberg y la Sinfonía nº 6 en si menor, Op. 74 ‘Patética’ de Piotr Ilich Chaikovski (podéis escucharlo en Spotify en este enlace). En 2009 interpretamos Fidelio, ese canto a la libertad que forma junto a la Novena todo un manifiesto de humanismo y dignidad humanas que hemos asumido como propio. Este año, en nuestra tercera visita a la ciudad, hemos escogido el ‘Adagio’ de la Sinfonía nº 10 de Gustav Mahler y la Sinfonía nº 3 en mi bemol mayor ‘Eroica’ de Beethoven. Son dos obras cuyo mensaje puede no resultar tan evidente en un primer momento, pero cuyas respectivas historias apelan a lo más profundo de las pasiones humanas, tanto personales en el primer caso como históricas y políticas, en el segundo.
El ‘Adagio’ de Mahler nació del desgraciado amor que el compositor sentía por su joven esposa Alma, mientras la Tercera nació de la admiración de Beethoven por Napoleón Bonaparte como personalidad unificadora de Europa, una admiración que se vio pronto remplazada por la decepción de ver cómo el general francés se autoproclamaba emperador y echaba por tierra las esperanzas de un futuro en paz para el viejo continente.
La superación de los desastres de la guerra en el caso del festival, el uso de la música como calmante ante un amor que termina en el caso de Mahler y la pervivencia de ideales de fraternidad ante el advenimiento de líderes mesiánicos tras las revoluciones a comienzos del siglo XIX en el caso de Beethoven son, en los tres casos, historias que podrían ocupar poco más de una página de un libro. Todas juntas, sin embargo, demuestran la capacidad humana para sobreponerse a la realidad por medio de cosas tan universales como la música.












